La soledad es la atmósfera de las almas grandes. Lo vemos en la naturaleza misma. Las aves que revolotean sobre la tierra no están solas, antes parece que entre si charlan amistosamente, mientras entrecruzan sus atrevidos vuelos; pero el águila, que batiendo sus alas se eleva tan alto, pronto se encuentra aislada en la soledad de las alturas. Y las monta;as mas elevadas, no parece que, dejando en su falda a las mismas nubes, va a perderse su cima en la misteriosa soledad?
Lo mismo, repito, pasa a las almas. Un alma vulgar facilmente encuentra eco en otras muchas, porque nada tan común como la vulgaridad; pero la que piensa alto y siente hondo, la que desplegando sus alas se levanta con vigoroso aleteo sobre las vulgaridades de la tierra, empieza al mismo paso a no ser comprendida, antes bien, a ser sensurada.
Todo el mundo encuentra y se;ala con el dedo rarezas en los sabios, extravagancias en los artistas, locuras en los santos. Y sin negar que puedan darse en realidad, lo cierto es que la gran rareza, la insoportable extravagancia, la locura imperdonable de las almas grandes es precisamente el haberse elevado sobre el nivel de la vulgaridad: no puede el vulgo perdonarles el pecado de su grandeza!!!
El rayo no hiere el hisopo que el mas ligero viento abate, sino que se descarga sobre el esbelto cedro y desgarra a la encina vigorosa.
Nadie se ocupa de censurar al que incoloro se pierde en la masa común de los hombres, pero...cuantos se ensa;an zahiriendo a todo el que por su verdadero valor se ha levantado sobre los demás, como si la elevacion de este empeque;eciera mas a aquellos!!!
Toda alma que se siente pletórica de luz y en quien palpita la pasión de un ideal, necesariamente experimenta el deseo irresistible de encontrar almas hermanas donde tengan eco sus aspiraciones, a quienes pueda convertir en fervientes prosélitos de los mismos ideales.
Y no las encuentra. Pocas almas la acompa;an en su atrevido vuelo, y estas pocas se irán quedando en el camino hasta dejarla sola.
Entonces su voz se perderá en el vacío, como se pierde el clamor del viajero extraviado en las soledades del desierto, como se pierden las mejores ráfagas del sol en la inmensidad de los espacios sin fin...
J. G. Trevi;o.

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