Y las horas pesadas y densas llegaban con la noche, cargadas de presagios y de
esos miedos negros y profundos que paralizan y devoran las entrañas.
Tras la ventana observa, de terciopelo oscuro, impenetrable, el majestuoso
manto que lo cubre todo, pavorosa negrura que aniquila hasta la luz de sus
recuerdos.
Rara vez un débil rayo de luz cruza el túnel solitario de su mente, es entonces
que en un breve destello el brillo acude a su mirada y dibujan sus labios
apenas una mueca simulando la sonrisa, para nuevamente quedar sumergida en el
más profundo de los olvidos.
Hoy su mundo es así, de negros y grises insondables.
Pero hubo tiempos idos, abundantes de risas de colores, de bellas melodías, de
días radiantes en que sus pies danzaban ebria de alegría hasta quedar exhausta
y entonces se dejaba llevar por el sublime éxtasis del amor más puro y más
profundo, pero...llegaron las ausencias, y cual filo de un cuchillo lo mataron
todo, invadiendo cruelmente hasta lo más hondo de ella misma, barriendo
implacables hasta el más pequeño asomo de lucidez en su memoria.
Se negó a seguir, se detuvo en el tiempo, incapaz de disfrutar sin él,
cualquier momento de alegría, de luz, de esa felicidad que algunas veces la
vida suele regalarnos en su continuo caminar.
Se refugió en un desconcertante y eterno silencio, en su mundo de ausencias y
olvidos...en su mundo confuso y lejano.
Soledades profundas, rutas desconocidas, barrera impenetrable de oscuros
horizontes, como fuertes tenazas le apretaban el alma.
Solo el dulce descanso de la muerte la salvaría de los negros abismos a donde
se redujo.
Y llegaría...un día llegaría y se abrirían entonces los brazos que la esperan,
quedaría atrás ese oscuro laberinto de miedos que deforman, que asfixian y que
apagan la luz más grande, la que nos salva del pavoroso túnel de las almas muertas.
Veredas alfombradas de cálidos aromas, recibirían sus pasos y alcanzaría por
fin los brazos anhelados, y envuelta en su calor encontraría la paz.